SI TE PORTAS BIEN…por Relles Maestre

 

3p2m1o

 

Quisiera hacer una reflexión sobre las estrategias conductuales que lamentablemente seguimos aplicando en la educación y aprendizaje de los niños, tanto padres como profesoras.

La sociedad de consumo, desde la estrategia publicitaria, persigue como fin último, vender sus productos anunciados, a costa de todo, sin culpabilidad ni conciencia moral pretende condicionar aquello que nos hace feliz: amar y ser amados, desarrollar nuestras potencialidades y lograr una posición social en la que podamos desplegar nuestros talentos contribuyendo al desarrollo social. Todo ello a cambio de la justa retribución para cubrir nuestras necesidades de bienestar. Sentir que el mundo es un lugar seguro, lleno de oportunidades de crecimiento.

La felicidad, que desde tiempos remotos tratan de definir los sabios, los filósofos, los científicos y el pensador de andar por casa que somos todas, parece muy escurridiza. Sin embargo es algo muy simple y que tiene que ver con sentirse bien.

Hemos aprendido a confundir la felicidad con el placer, mientras que ella -la felicidad- no requiere de grandes cosas, pues no es más que un estado interior y una vez comprendida puede acompañarnos durante toda la vida, el placer depende siempre de algo externo y es efímero por naturaleza. La publicidad nos hace creer que la felicidad se obtiene gracias a la adquisición de sus productos, haciéndonos confundir el ser con el tener e infundiéndonos o alimentando nuestros temores y miedos más profundos.

Las personas adultas, con suerte, vamos desaprendiendo y sintiéndonos más libres cuando, nos damos cuenta que necesitamos un coche para desplazarnos de un lugar a otro y no para que nos guste conducir con la mano fuera descubriendo nuevos paisajes completamente solos y con una sonrisa de satisfacción en el rostro con una máquina de metal, plástico y caucho.

Las madres pueden sentirse tranquilas alimentando a sus niños a base de productos que nos venden como sanos, rápidos y fáciles para consumir, con los mejores nutrientes para que ellas crezcan sanas y fuertes. Por si acaso no te convences, madre de poca fe, metemos en la caja de cereales, regalos que van a seducir a tu hijo para que salgas del comercio con la caja o con tu niño llorando, porque aunque le has explicado que el regalo se paga con creces, que los cereales son más caros que la otra caja que no se anuncia y que por increíble que parezca dentro de la caja te esperan los mismos cereales desabridos que nada tienen que ver con los ricos y jugosos del anuncio, ellos siguen llorando completamente desilusionados porque lo que desean es un cachivache de plástico que tampoco se parece al del anuncio.

Esta estrategia del regalo se parece mucho al refuerzo positivo de las técnicas conductistas. Recordemos que las teorías sobre el aprendizaje de Pávlov y Thorndike toman forma en los experimentos realizados con animales, ratitas que aprenden a orientarse en un laberinto premiadas con alguna cosa dulce cuando aciertan y recibiendo corrientes eléctricas cuando se equivocan.

La publicidad cosifica nuestros deseos más humanos y los cataliza en un objeto que se puede comprar por una cantidad de dinero. Nuestros niños aprenden a creer que el regalito de la caja les proporcionará disfrute, sin preocuparse si los cereales satisfarán sus necesidades de una buena alimentación. Las adultas podemos sospechar o estar completamente seguras que preparan a nuestros hijos para ser unos buenos consumistas en el futuro y obtener más beneficios en el día de hoy como en el de mañana. Los padres hacemos un gran esfuerzo para contrarrestar los efectos publicitarios e inculcar en el niño otros valores, hablándoles de necesidades reales.

Nosotras que hemos nacido en la sociedad de consumo no nos damos cuenta hasta qué punto ha modelado nuestra forma de entender el mundo cuando decimos a nuestros hijos, si te comes la sopa te daré un premio; si apruebas el curso haremos este viaje, si… Al modo de la publicidad premiamos la “buena conducta” vendiendo nuestros productos. Pero preguntémonos ¿qué son nuestros productos?

Deseamos que crezcan sanas, fuertes, que aprendan las cosas del mundo para desenvolverse en él, que colaboren en casa, que sean generosas, solidarias, que respeten a los demás… QUE SEAN FELICES. No son objetos, sino valores.

Un animal no entiende de valores, no necesita pararse a pensar que será mejor en este momento para resolver esta situación. No piensa, actúa según su diseño genético, por instinto. Si hago esto y recibo azúcar repito, si hago lo otro y recibo una corriente eléctrica no lo hago más. El ser humano también aprende del ensayo-error, pero por favor, parémonos a pensar un poco en lo que hacemos cuando premiamos o castigamos a nuestras hijas.

Pedro tuvo la suerte de llegar al mundo cuando sus padres lo estaban esperando. Lo recibieron con alegría y lo llevaron a una casa muy confortable en un bonito pueblo. Se alimentó de los pechos de su madre en el primer tiempo y ésta vio como Pedro crecía y le sonreía a la vida. Todo era sencillo y se sentía feliz, sus padres lo guardaban de todo mal y cuando algo malo le sucedía lo estrechaban en sus brazos y lo consolaban. En los primeros años tuvo que aprender muchas cosas porque a medida que crecía poco a poco iba enfrentándose solo a los peligros del mundo. Cuando se sentía inseguro miraba a papá o mamá y sabía lo que tenía que hacer. Su curiosidad y ganas de aprender crecía por momentos. Un día sus padres lo dejaron en un lugar lleno de niños con la misma curiosidad y ganas de aprender que él. Como todo niño, al principio pensaba que todo le pertenecía y estaba a su alcance, tuvo que aprender a relacionarse con otros niños, a compartir las cosas, a pintar con los dedos, a reconocer las letras, a cantar canciones, a escuchar cuentos, a quedarse sentado en una silla cuando le apetecía correr, salta, explorar… Aunque no entendía del todo el porqué.

Igual que su mamá y su papá, su profesora le decía: “Esto está mal Pedro, hay que hacerlo así”, “no puedes coger esto”, “esto puedes cogerlo”, “no pegues”, ”pórtate bien”. Él trataba de comprender que sería eso de “portarse bien”. Era más fácil cuando le decían exactamente que debía hacer, aunque ya era bastante difícil no sentirse mal cuando le negaban lo que deseaba y no podía reprimir sus ganas de llorar.

Le gustaba mucho el colegio pero odiaba quedarse a comer en el comedor. Aunque comía con sus amigos y las profes del comedor eran simpáticas con él, echaba de menos comer con sus papás. En el comedor también le decían que tenía que “portarse bien”. Era importante porque había muchos niños que alimentar, tenían que hacerlo respetando un horario y el número de niños era mucho mayor que el de profesores del comedor.

Un día las profesoras del comedor inventaron un premio para que las niñas y niños se portaran mejor. El que mejor se portara, podría llevarse a casa un muñeco durante el fin de semana. Para las niñas había una muñeca. Pedro recibió con alegría la noticia y se dijo a sí mismo que lo ganaría él. No pensó que sólo un niño podría recibir el premio y se lo disputaba contra el resto. No pensó que el ganar o perder dependía del criterio de los profesores y además no tenía claro que era “portarse bien”.

No pensó, lo que no tenía capacidad para pensar.

Comió más de lo que su estómago admitía y se sentía pesado y adormilado. Le costaba trabajo aprender con la barriga tan llena pero no se daba cuenta. Perdió un poco de interés según su profesora y le mandaron deberes para casa.

Un día tuvo que comer reprimiendo unas intensas ganas de hacer pipí, no quería levantarse de la silla pensando en el premio que llevaría a casa el fin de semana con mucho orgullo y que sus papás celebrarían porque al “portarse bien” le darían mucha importancia.

Otro día le pegó un compañero cuando no miraban las profesoras, no se defendió pensando en la recompensa.

Otro día comió todo el plato de habichuelas que normalmente nunca llegaba a terminar y le sentó fatal. Su madre le dio una manzanilla que le hizo vomitar y se sintió liberado.

Mamá empezó a preocuparse porque no merendaba bien y a hacerle preguntas, a las que respondió con pequeñas mentirijillas, para no echar a perder la sorpresa que en su imaginación le daría a sus padres cuando llevase a casa el premio de fin de semana.

Aunque tuvo una conducta ejemplar, fue otro niño el que se llevó el premio. El fin de semana, su madre lo encontró un poco apagado y decidió que el lunes lo llevaría al pediatra.

Pedro no se dio por vencido, el domingo tenía mejor cara, había decidido que tenía más oportunidades, debía “portarse mejor”. Como no sabía que era “portarse mejor” ponía en práctica todo lo que se le ocurría. Un día probó a ser generoso con la comida y le ofreció su yogurt a un compañero. Salió del colegio pensativo y preocupado, a lo mejor no le daban el premio por no habérselo comido todo. ¿Había sido una buena idea ser generoso? ¿Pensarían las profesoras del comedor que hacía trampa para no comérselo todo? El viernes lo sabría.

Cuando no recibió el premio las dudas le atormentaron, había probado tantas cosas que no sabía cuales habrían sido buenas y cuáles no.

Su madre estaba muy preocupada y cada vez hacía más preguntas y él decía más mentiras. Una noche sus papás discutieron, se despertó por los gritos que proferían y pensó que él tenía la culpa. Debía portarse todavía mejor, no era suficiente, se esforzaría más. Volvió a dormirse y se despertó irritado, molesto, triste. En el colegio aprendía muy poco porque se la pasaba pensando en lo que haría para ganar el premio. Pensó que si lo ganaba, papá y mamá ya no discutirían. Cuando iba por el segundo plato que comía sin quitar la vista de él, en silencio y preocupado, Juan, con el codo, tiró sin querer su cuchara al suelo. La cuchara hizo tanto ruido al caer que Pedro sintió que su cuerpo se encogía como cuando escurría la esponja del baño, pero en vez de agua, parecía que su cuerpo desprendía calor.

Por su cabeza pasaron muchas imágenes incontroladas, cuando vomitó las habichuelas, cuando el otro niño recibió el premio, cuando se despertó en la noche por los gritos, las insistentes preguntas de su madre, las dudas que había generado en su pensamiento la dichosa expresión “portarse bien”… De pronto se vio a sí mismo pegando a Juan con tanta furia que los profesores del comedor se alarmaron, lo sacaron de allí, trataron de tranquilizarlo y Pedro no dejó de llorar hasta que su madre lo llevó a casa y lo meció en sus brazos. Tampoco esta vez le dijo lo que le estaba pasando.

Pedro era un niño con una gran voluntad y un poco terco en ocasiones. Seguiría intentándolo. La suerte le sonrió a la semana siguiente, las profesoras, consideraron, que esta semana había tenido muy buen comportamiento con respecto a la semana anterior en la que pegó a Juan y decidieron reforzar su buena conducta. Ninguna de ellas se dio cuenta que Pedro, excepto esa vez, siempre había tenido un comportamiento ejemplar.

Pedro salió triunfante del colegio apretando el muñeco contra su pecho. Corrió hacia su madre mostrándole su premio. Su madre no le dio mucha importancia al muñeco. Aun así, al verlo tan feliz lo abrazó con mucho sentimiento comprobando que su hijo había recuperado su alegría. Respiró aliviada.

En la cena con papá y mamá, Pedro les preguntó si estaban contentos con él por haber ganado el premio. Sus padres le contestaron que siempre estaban contentos con él. Se alegraban si él estaba alegre y se entristecían si él estaba triste. Sin embargo el premio no les gustó. Pedro se quedó atónito y pidió explicaciones.

Mamá, que es contable, le dijo que si había cien niños en el comedor y sólo dos muñecos, muchos niños que se han portado bien, necesariamente no ivan a ser recompensados. Si se han portado bien motivados por el premio y no lo han obtenido es posible que la semana que viene pierdan la motivación. Por lo tanto tal vez el premio deje de tener importancia para ellos. Pero lo peor de todo para mamá es que podemos perder de vista lo más importante: Que “portarse bien” en sí mismo ya es una recompensa.

Papá dijo; que además de fomentar la competencia así no pueden aprender a “portarse bien” puesto que son los profesores quien deciden de forma arbitraria quién se ha portado mejor.

Todos los niños no son iguales, cada uno tiene su carácter, a un niño le puede costar muy poco que un adulto considere que se está “portando bien” porque su carácter es tranquilo. Una niña con un carácter más inquieto, puede estar haciendo esfuerzos increíbles para no levantarse de la silla mientras que otro puede pasar una hora sentado sin ningún esfuerzo. También hay que tener en cuenta que un niño puede estar sufriendo por alguna situación vital, por ejemplo, que sus padres se estén separando. Ese niño se “porta mal” para llamar la atención, es decir, su “portarse mal” es la forma que tiene el niño de pedir ayuda advirtiendo a sus mayores que algo anda mal.

Modificar su conducta sin preocuparse por aquello que la origina es tan inhumano como meterlo en un laberinto y enseñarle el camino con caramelos y azotes.

Además la niña debe saber en todo momento que es lo que se espera de ella y ser la propia jueza de sus actos, que pueda medir sus progresos y sus retrocesos. Portarse bien debe ser la recompensa y un placer el poder agradar con ello a los demás.

En el camino de conseguir el premio de “portarse bien” aprender a ser responsables, a pensar en las consecuencias de nuestros actos, a valorarse tanto si lo hacemos bien como si lo hacemos mal, valorar nuestro esfuerzo, ayudar a nuestros compañeros en vez de competir con ellos, a confiar en nosotras mismas, a sentirnos capaces de mejorar…

Sobre todo no hay que olvidar que las niñas y niños aprenden por imitación, de nada sirve que le digas a un niño lo que debe hacer si tú haces lo contrario.

Antes de exigirle al niño un “buen comportamiento” asegúrate de que puedes servirle de ejemplo.

 

25 Enero 2016

Relles Maestre. Arteterapeuta

 

1 comentario en “SI TE PORTAS BIEN…por Relles Maestre

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